Hoy mi fan número uno cumple 11 años. ¡Felicidades Lara!

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¡Felicidades, guapa! No sólo eres mi fan número uno, sino que toda tú eres “number one”: Divertida, ingeniosa, creativa, trabajadora, perfeccionista, inteligente, espontánea… ¡Lara, eres la caña! Muchos besitos para ti. Y para tu papá, los estirones de oreja, que me he enterado de su última pifia. ¡¡¡Mira que tirar tu diente a la basura!!! ¡¡¡Qué desastre de hombre!!! Seguro que el Ratoncito Pérez llegará de todas formas, así que no te preocupes. Y que te lo pases muy bien.

Dentro del laberinto

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¡Hola a todos! He vuelto. Seguro que pensabais que había desaparecido por completo, pero aquí estoy. Tendréis que perdonar mi ausencia, pero he estado de intercambio en Estrasburgo y me lo he pasado tan bien, que casi me adopta la familia francesa. Esta es la realidad, pero yo prefiero pensar que he estado dentro de la pirámide de Keops y no he logrado salir de su laberinto hasta ahora. ¿A que mola más? Os voy a dejar los próximos días unos divertidos pasatiempos relacionados con el Antiguo Egipto. Espero que os gusten. Au revoir! ;-D

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Dedicatoria muy especial

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Mi padrino la ha mantenido en secreto, pero como no sabemos cuándo se publicará mi segundo libro, hoy es el día perfecto para desvelar la dedicatoria de mi aventura en Olimpia.

Y es que mi padrino dice, que si no fuera por Inma, él no sería quien es ni tendría lo que tiene: dos hijas maravillosas. Que sepas que te quiere muchísimo. Hoy eres un año más guapa. Feliz Cumpleaños.

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Nuevo capítulo. Nueva alergia.

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¡Hola a todos! Hoy no tengo clase porque es festivo en mi ciudad: San Valero, patrón de Zaragoza. Así que os voy a regalar el segundo capítulo de mi aventura en el que descubriré que mi madre está más en forma de lo que yo pensaba ;-D

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MATEO QUETEVEO EN OLIMPIA

Capítulo 2

COMO POLLOS SIN CABEZA

¡Qué vueltas da la vida! Hasta hace poco, como a todos los adolescentes, me daba vergüenza compartir juegos con mis padres. Pero digamos que me reconcilié con ellos tras un largo viaje que realicé. Y ahora no me importa hacer el ridículo con ellos. Porque si alguien nos hubiera visto en esos momentos, habría conocido una nueva  dimensión de la palabra “patético”. Madre e hijo corriendo como pollos sin cabeza, entre esculturas de soldados griegos, que formaban parte de la nueva exposición del Museo. Su bata abierta favorecía más sus zancadas, así que tuve que emplearme a fondo para superarla. Logré sincronizar piernas y brazos en un intento desesperado por ganar velocidad: Pierna derecha a la vez que brazo izquierdo, y viceversa. ¡Y lo estaba consiguiendo! Faltaban pocos metros para llegar a la meta, o al carrito de la limpieza, y comencé a sacarle una cabeza (quiero decir, que mi ventaja era del tamaño de mi cabezón).  Un esfuerzo más, sólo un poco más… Ya le sacaba un cuerpo y medio, ¡bien! Iba a ganar, iba a ganar… ¡iba a pegármela!

El suelo estaba súper reluciente y encerado (mi madre es la encargada de la limpieza del Museo y se toma muy en serio su trabajo), por eso fue imposible detener mi carrera y resbalé como si estuviera en una pista de patinaje sobre hielo. Me estampé contra el carrito y saltaron por los aires todos los productos que contenía: fregona, cubo, botes, paños, bayetas, sprays…  y también algo que hasta ese momento pensaba que era inofensivo y que se convirtió en una arma biológica devastadora: Los guantes de látex.

Yo estaba tirado en el suelo cuando los vi caer como a cámara lenta. Los guantes verdes caían sobre mí amenazadores, intentando estrangularme, como si fuera un Alien recién salido de su huevo. Y casi lo consiguen, porque cayeron sobre mi cara impidiéndome respirar y cuando logré quitármelos sentí un picor horrible y escozor y… ¡Me estaba entrando un ataque de alergia! ¡Otra nueva: al látex!

—¿Te encuentras bien, Mateo? —preguntó preocupada mi madre, que llegó unos segundos después, es decir, en último lugar en la carrera.

—Me debes una pizza.

—¡Se te está hinchando la cara como un globo! ¡Déjame buscar tus pastillas! —y comenzó a sacar todo lo que llevaba en mis bolsillos—. A ver, dónde las has metido… unas monedas; tu móvil… espero que lo lleves apagado en clase; las gafas de sol de espejo que papá lleva buscando una semana…

—Molan mucho y él nunca las usa.

—Un chicle kilométrico… menos mal que lo llevas en su caja; un par de tiritas; tu iPod… Ah, aquí están. Tómate una.

Genial. Me había tocado el gordo de Navidad. Nueva alergia con todos sus maravillosos síntomas externos. Como si no tuviese suficiente con los granos propios de mi edad. Aún recuerdo el último que me salió en la punta de la nariz. Parecía Rudolf, el reno de Santa Claus.

Ayudé a mamá a recoger y componer todas las piezas del carrito como si de un Transformer se tratara y me mantuve a una distancia prudencial de sus guantes.

—Será mejor que te adelantes y los guardes bien lejos de mí.

—Tranquilo que compraré otros. Por cierto, buena carrera. Debes aprender a frenar pero tienes un buen sprint. ¿Por qué no practicas un poco cada día? Verás cómo mejoras tu técnica y tal vez hagas un buen papel en la carrera.

—Mensaje recibido. Oye, no te habrás dejado ganar, ¿verdad?

 

Así comienzan mis nuevas aventuras

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Uff, cómo pasa el tiempo. Ahora que han acabado los trimestrales, tengo algo más de tiempo para actualizar  mi blog. Lo sé, soy un desastre. Para compensaros, voy a subir los primeros capítulos de mi nueva aventura. Si os gusta, dejadme algún comentario, no seáis tímidos. Allá va…

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MATEO QUETEVEO EN OLIMPIA

Capítulo 1

LA PALABRA MÁGICA

—Mateo, que te veo —dijo mi profesor de Educación Física—. Acércate a la primera fila.

Esconderme al fondo del grupo no me sirvió esta vez para evitar enfrentarme a una de mis más terribles pesadillas: el atletismo.

—Ponte en la fila seis.

—Es que no me encuentro bien —protesté tímidamente.

—Me conozco tus trucos, Mateo. Así que esta vez no te libras. En sus puestos…

Parecía que iba en serio. Tendría que correr.

—Listos…

Aunque sabía perfectamente en qué lugar iba a quedar.

—¡Ya!

Fue todo un espectáculo. No sólo llegué el último sino que me caí en la primera vuelta. Y es que siempre lo he dicho: lo mío no es el deporte. No sé coordinar las piernas y brazos, así que corro como si estuviera espantando moscas.  Y así es imposible competir.

—Mateo, eres un auténtico desastre. Pero no tengo más remedio que incluirte en el equipo porque me falta una plaza para completarlo.

—¿Está seguro de lo que hace? —pregunté.

—Pues claro que no, o sí, no lo sé. El caso es que quiero que te esfuerces pues este año debemos hacer un buen papel en las Olimpiadas Escolares. ¿De acuerdo, chicos?

Unos balbuceantes “síes” sonaron en un desafinado coro. ¡Vaya espíritu olímpico!

—Todos a la ducha —dijo el profesor y dio por terminada la clase.

De vuelta a casa no paraba de pensar en las malditas Olimpiadas Escolares. Deberían ser exclusivamente para atletas dotados de cierta capacidad deportiva,  no para patosos como yo. Y lo peor es que ese día vienen todos los padres de los alumnos, incluidos los míos. Van a contemplar cómo su hijo es el peor corredor de la historia del colegio.

Tardé cinco minutos en llegar a casa, pues vivo a cien metros del colegio, concretamente en una caseta adosada al Museo de Historia de Zaragoza. Sí, ya sé que es muy raro vivir en un Museo, pero qué le vamos a hacer.

Cuando llegué, mi madre me notó algo más cabizbajo de lo normal y me preguntó si me encontraba bien. Le expliqué que me habían seleccionado en el equipo de atletismo y se puso muy contenta. Luego le aclaré que me habían “obligado”.

—Lo importante es participar —dijo.

—Lo importante es no ser el último —respondí.

—Si quieres puedo ser tu entrenadora.

—No gracias, ¿qué sabes tú de deporte?

—Jovencito, no te burles. De joven era muy aficionada al deporte. Y todavía estoy en forma. Apuesto lo que quieras a que te gano en una carrera.

—No voy a correr contra ti… eres… eres una chica. Y además mi madre.

—Si me ganas, te cambio las judías verdes por pizza.

—Hecho —dije sin dudar ni un nanosegundo (que es la milmillonésima parte de un segundo).

—Corramos hasta mi carrito de la limpieza que está al final del pasillo. ¿Estás listo?

Mi madre había pronunciado la palabra mágica: “pizza”. Como en la película  Regreso al Futuro, que cuando le dicen gallina al protagonista se vuelve loco de rabia. Pues yo igual. Por comer pizza en lugar de verdura hago lo que sea. Incluso competir contra mi propia madre por los pasillos del Museo, que afortunadamente, ya había cerrado al público.

—Uno, dos… ¡y tres!

Fin capítulo 1

Ilustración: Daniel Montero Galán

Muy pronto conocerás el origen de las Olimpiadas

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Mateo Queteveo en Olimpia

Hola! Perdonad porque hace mucho que no subo ningún post. Pero he vivido una aventura alucinante. Viajar a Tebas solo fue el principio. He descubierto que mi Museo alberga objetos mágicos. Y he vuelto a viajar al pasado. ¿A que no sabéis dónde? Os doy una pista: En Londres se están celebrando unos juegos originados en ese lugar.

O… L… I… M… P… I… A.  ¡En la Antigua Grecia! Donde se originaron los Juegos, de ahí el nombre de “Olímpicos”.

Tengo muchísimo que contaros, pero entretanto, os adelanto en primicia la portada de mi segundo libro. Tras el verano, estará disponible en las mejores librerías.

Nos leemos ;-D

Talleres en la Feria del Libro de Madrid

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Hemos estado dos días en Madrid, con un montón de niños. ¡Lo hemos pasado genial! Hemos hablado de manías, de alergias, de filias, de fobias, de videojuegos, de libros… y de Egipto, por supuesto: de las pirámides, del Nilo… Y hoy mismo hemos tenido un taller superchulo de cómo inventarnos pequeños cuentos, con un truco muy güay de cómo conseguir que las ideas vayan de la cabeza a la hoja en blanco. Os animo a los profes a que penséis en realizar alguno con mi padrino. Veréis qué divertido y cuántas cosas aprenden. ¡Nos vemos!

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